¿LA FINITUD DEL SER O SOLO UNA SOMBRA CON REGLA DE 24 PULGADAS?

La finitud de la infinidad…

Un escéptico frente al tiempo

Observando las variaciones brutales entre el día y la noche —esas horas interminables de luz en verano y la oscuridad casi total del invierno—, me detuve una madrugada y sentí el peso exacto de la finitud. No es una metáfora poética: es un hecho. El hombre es finito. Peor aún: el Ser mismo, a los ojos de la razón desnuda, es finito. No es más que un breve pasaje en el tiempo.

Todo es inconstante, salvo el tiempo. El universo lleva miles de millones de años evolucionando y, durante la abrumadora mayoría de ese lapso, el Ser no existió. Ni alma, ni conciencia, ni “yo”. Solo materia ciega girando. Ahora que existimos, nos parece que nuestro Ser es lo central, lo eterno. Pero ¿y si no lo es? ¿Y si somos apenas un parpadeo accidental en una vastedad que ni siquiera nota nuestra presencia?

Sombra y Claridad, Luz y Oscuridad…

Existe una herramienta humilde y cotidiana que encarna esta pregunta sin evasivas: la regla de 24 pulgadas, también llamada gauge o regla plegable de dos pies. Para el artesano antiguo era un instrumento de medición física: servía para trazar líneas rectas, verificar ángulos, asegurar que cada pieza encajara con precisión milimétrica. Pero en un sentido más profundo —el que no construye templos de piedra sino la arquitectura invisible de la propia vida— recibe la misma regla con un propósito más noble y glorioso.

La regla de 24 pulgadas simboliza las veinticuatro horas del día natural. Dividida en veinticuatro partes iguales, se nos instruye a repartirla en tres porciones exactas de ocho pulgadas (ocho horas) cada una: ocho horas para el servicio a los demás y a las causas dignas, ocho para las ocupaciones habituales y ocho para el reposo y el refresco. No es una sugerencia poética; es una norma de conducta. La regla nos recuerda que el tiempo es el material con el que construimos nuestra existencia. Cada pulgada es una hora que debemos medir con rectitud, con mesura, con criterio. Simboliza el orden, la inteligencia práctica, la capacidad de apartar lo superfluo y lo vicioso para pulir la materia prima de nuestra vida hasta convertirla en algo coherente y pleno.

Y aquí surge el choque —no un mero contraste, sino un choque brutal y humillante— con la observación astronómica que inició todo este cuestionamiento. Mientras la regla nos invita a organizar con disciplina las veinticuatro horas de un día humano, la mirada al cielo revela un universo que ha existido miles de millones de años sin necesitar ninguna regla, sin ningún Ser que la sostenga, sin siquiera registrar nuestra existencia futura. Durante la abrumadora mayoría de ese tiempo cósmico no hubo días ni noches, ni verano ni invierno, ni horas que dividir. Solo materia ciega, estrellas naciendo y muriendo, galaxias girando en un silencio absoluto. El Ser —ese “yo” que ahora mide pulgadas con tanto cuidado— es un recién llegado ridículo, un accidente temporal en una historia que no lo esperaba ni lo necesita.

¿Qué es el Ser?…

¿No es esto un choque despiadado? La regla de 24 pulgadas pretende imponer orden y significado a un ciclo diario que, visto desde la escala del universo pre-humano, resulta infinitesimal, absurdo y patéticamente arrogante. ¿Qué son ocho horas de trabajo, ocho de descanso y ocho de servicio cuando el cosmos ha pasado eones enteros sin que existiera ni una sola conciencia para “servir” o “descansar”? La herramienta, tan precisa y tangible, se revela de pronto como un gesto de soberbia humana casi risible: pretendemos medir y dignificar un tiempo que, en la vastedad cósmica, ni siquiera registra nuestra presencia. Es como si un insecto efímero, que vive solo un día, inventara una regla para dividir su efímera existencia y creyera que esa división trasciende el bosque entero… o peor, que el bosque entero fue creado para que él pueda medir su día. La regla no complementa la finitud; la expone como una broma cruel. Es la prueba viva de que nuestra “disciplina” es solo un intento desesperado de negar lo evidente: somos irrelevantes.

Y sin embargo, precisamente porque el universo fue mudo e indiferente durante miles de millones de años antes de nosotros, la regla adquiere una urgencia desesperada. Nos dice: “Tienes solo estas horas. Úsalas con rigor porque fuera de ellas no hay nada garantizado”. Esta sabiduría práctica no promete que nuestras 24 pulgadas se extenderán más allá de la muerte; nos entrega la regla “dentro” de la finitud que la observación astronómica desnuda sin piedad. Es como si, en su silencio, estuviera reconociendo lo mismo que tú observaste en las noches de invierno: el tiempo es constante, el Ser es pasajero. La regla no trasciende; organiza lo que se acaba. Es el compás con el que trazamos un círculo perfecto… dentro de una arena que la marea cósmica borrará, como ya borró billones de años sin nosotros.

Por eso tu pregunta inicial cobra ahora una profundidad casi cruel: ¿existe una regla de 24 pulgadas que trascienda con el Ser, o solo es aplicable al mundo finito? Esta sabiduría responde con su silencio más elocuente. Nos da la herramienta, nos enseña a usarla aquí y ahora, y deja que cada uno decida si esa medida es suficiente o si necesita inventar una extensión invisible hacia lo eterno. El escéptico que soy sospecha que la segunda opción es solo un pliegue más de la misma regla: un gesto humano, conmovedor, pero que no alarga ni una sola pulgada más allá de la muerte.

Implicaciones éticas y prácticas: ¿cómo vivir con una regla que no trasciende?

Aceptar esta finitud sin anestesia no es un ejercicio teórico: es una exigencia ética radical. Si la regla de 24 pulgadas es todo lo que tenemos, entonces cada pulgada se vuelve moralmente urgente. Ya no podemos postergar el servicio a los demás, el trabajo honesto o el descanso reparador bajo la excusa de que “hay tiempo de sobra” o de que “todo se resolverá en otra vida”. La ética se vuelve implacable: mide tu día con rigor no porque haya una recompensa posterior, sino porque este es el único día que existe.

Pero dime, tú: ¿estás realmente dispuesto a empuñar esa regla sabiendo que no hay otra? ¿O seguirás aferrándote, en el fondo, a la esperanza cómoda de que “algo más” vendrá después, diluyendo así el único tiempo que te ha sido dado? ¿No será que la verdadera cobardía no está en aceptar la finitud, sino en negarla con velos trascendentes? La regla te fue puesta en las manos; el cosmos te mostró su insignificancia absoluta. ¿Tendrás el coraje de usarla sin ilusiones, o preferirás seguir midiendo pulgadas como si fueran pasajes hacia la eternidad?

El Ser es finito. El tiempo, indiferente. La regla de 24 pulgadas, en tu mano. ¿Y ahora qué? ¿Seguirás fingiendo que trasciende, o tendrás el valor de admitir —y vivir— que esta es la única medida que existe? ¿Estás preparado para preguntar, cada mañana, si las ocho pulgadas de servicio que repartes son realmente para el prójimo o solo para calmar tu propio terror a desaparecer? El verdadero coraje no consiste en descubrir que hay algo más allá; consiste en tener el valor de vivir —y seguir preguntando— sabiendo que, probablemente, no lo hay, o… SI…

Memento mori

Inaco

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